LA GUÍA DIGITAL DEL ARTE ROMÁNICO

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EL ROMÁNICO
   

6.- EDIFICACIONES MILITARES


 

Hasta este punto hemos visto facetas del románico relacionadas con lo religioso; tanto templos como decoración de los mismos u objetos litúrgicos. La iglesia es un referente de gran importancia en este momento. De hecho, gracias a la misma y en especial a la orden benedictina, la expansión de las formas comunes de edificar y decorar lo erigido se extendieron hasta el confín del mundo conocido. Hasta el Finis Terrae. Pero con ser la faceta religiosa de gran importancia no fue la única en esta sociedad altomedieval. Numerosas otras formas de vida y de edificaciones acordes con sus necesidades fueron erigidas. Si no han llegado más hasta nuestra época es fundamentalmente porque sus materiales eran perecederos. El esfuerzo común de la sociedad se orientaba obligadamente hacia donde sus señores feudales, o religiosos (que a veces eran la misma cosa) les dirigían.

La reconquista y defensa del territorio ante el infiel fue una de las prioridades de este momento. A este efecto, toda una serie de fortificaciones y torres de vigilancia fueron erigidas. En principio era suficiente -o no había otra posibilidad- con fortifcar una mota, un lugar del terreno elevado a base de construcciones de tierra y madera. Se sabe por grabados de su existencia pero como es lógico, al igual que ocurre con las modestas viviendas de los pecheros, no han llegado hasta nosotros. En la expansión propiciada por el gran monarca Sancho III el mayor de Navarra, las fortificaciones ante la marca superior islámica se multiplicaron de forma notable. Y siguieron creciendo con sus sucesores. Torres de pequeño porte, en ocasiones circulares y otras veces de sección rectangular y provistas de cadalso al modo francés, surgieron en las extremaduras de su reino.

En ocasiones, las pequeñas defensas en altura tomaron auge y fueron núcleo de verdaderas poblaciones fortificadas, como es el caso del sin par castillo de Loarre. Es el momento del gran auge de los conjuntos religioso-militares. La expansión del arte románico corre pareja con la reconquista del solar del reino, y los monarcas, príncipes de la Iglesia bajo cuya protección supieron situarse interesadamente, lograron aunar la cruz y la espada. Así surgieron fortalezas donde tan importante es la torre militar como la iglesia castrense. Sancho Ramírez en Aragón es paradigma de esta forma de actuar y su gran legado, Loarre, habla de sus circunstancias y de su verdadera dimensión personal.

Es habitual que los conjuntos religioso-militares se sitúen en altura. Razones militares así lo imponen. También es habitual que el templo forme parte del mismo, siendo su ábside verdadero cubo de muralla. Muro de Roda, Montearagón o Loarre así lo atestiguan. Hay un caso paradigmático y verdaderamente excepcional. Me refiero a Samitier (Huesca), enriscado sobre el desfiladero que el Cinca forma aguas abajo de Ainsa. La licencia poética para referirse a lugares de esta situación como "nido de águilas", en este caso se queda realmente pequeña. El río discurre a unos trescientos metros abajo, en vertical. Y las vistas son tan inquietantes como espectaculares.

A la belleza apuntada se une el particular hecho de que la iglesia es a la vez muralla. Construida transversalmente sobre el espolón que conduce a la torre, cierra por completo el paso hacia la misma. Su puerta se edificó en altura, como en una verdadera obra militar. La actual es posterior, quedando sobre ella la primitiva a modo de ventanal.

El hecho de surgir una población estable al amparo de una fortaleza implica que para su defensa se edificara un perímetro murado. De nuevo Loarre es ejemplo temprano de muralla protectora de la población. Superada la fase bélica, la muralla actúa como freno a la expansión de las incipientes ciudades y sucumbe al crecimiento demográfico, bien por demolerse o por integrarse en edificaciones que la desbordan. Casos como el de Ávila son la feliz excepción a lo dicho.



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