Después de pasar
revista a los estilos oficialmente aceptados del románico, voy a
dedicar unas imágenes a mostrar una variante del mismo que se ha
constituido en endemismo en el Alto Aragón y que durante mucho tiempo
ha suscitado -y lo sigue haciendo- polémica sobre su probable origen
mozárabe.
Me refiero, claro está,
al llamado Románico del Gállego. Así definido por hallarse
su núcleo principal sobre la orilla izquierda del río Gállego,
entre Biescas y Sabiñánigo, al sur del puerto de Cotefablo
y con ejemplares en lo alto del Sobrepuerto de Biescas. A pesar de esta
relativamente circunscrita localización de sus ejemplares, también
los hay alejados de este núcleo; como los casos de Rasal, Ordovés
o Sescún, distantes unos treinta kilómetros en línea
recta desde Lárrede.

Cronológicamente
se acepta que son templos edificados entre el final del X y el primer tercio
del XI. Hay una referencia documental a uno de ellos, Sescún que
fue legado al monasterio de San Úrbez en el año 992. Su edificación
se realizó a base de sillarejo trabajado a maza, extraído
de las generosas canteras que suponen los flisch eocénicos del Gállego.
Los estratos paralelos que vemos a los lados de las carreteras fueron una
magnífica fuente de materia prima fácil de convertir en sillarejos
con unos pocos golpes de maza.
Sillarejos dispuestos a
soga y tizón, en hiladas regulares y con mechinales pareados edificativos.
La orientación, canónica. Templos de nave única, rectangular
rematados al este por ábside cilíndrico que luce una decoración
característica a base de arquillos ciegos apeados en lesenas sobre
los que corre una teoría de baquetones verticales situados entre
sendas molduras tóricas. No hay decoración escultórica
y su gracia se la aportan los juegos de luces y sombras que les proporcionan
los elementos formales descritos.
Las puertas de acceso al
templo se suelen disponer en el muro sur y son de falsa herradura, simulada
a base de peraltar el arco de medio punto sobre unas impostas biseladas,
que contribuyen a transmitir este efecto. Es típica la ubicación
de los vanos rehundidos en alfiz y conformados por dos o tres huecos cada
uno.
Algunos ejemplares lucen
esbelta torre, cuyo arquetipo, Lárrede, vemos emerger en la imagen
de cabecera entre la vegetación del río Gállego.


Estos templos se edificaron
para celebrar en ellos la vieja liturgia hispana. Y muy probablemente las
gentes que los llenaron fueran mozárabes en sentido estricto de la
palabra: "mozárabe" deriva de la voz árabe "musta
´rab" definitoria del cristiano hispánico que vivió
en territorio muslman conservando su religión. En este
caso pertenecientes al distrito rural del Gállego de nahiya-al-Yilliq
dependiente del waliato de Huesca.
Sus formas son mayoritariamente
lombardas. Con particularidades que los hacen únicos, excepcionales
y merecedores de una subclase propia. Pero dentro del primer románico,
con el que comparten la mayor parte de sus características formales.
La particularidad que los
diferencia son detalles decorativos atribuibles en buena parte a elementos
prestados del islam, cono los vanos rehundidos en alfiz, o los campanarios
al modo de los alminares desde los que se llama a la oración. Ya
Iñiguez Almech hizo notar la similitud de la torre de Lárrede
con el alminar
de la mezquita de Omar en Bosra (Siria). Pero según matiza acertadamente
Antonio Durán Gudiol, no tendrían que ir tan lejos a buscar
modelo, porque la torre de la desaparecida mezquita de la Huesca musulmana
les serviría a este fin.


Tiene esta zona otra particularidad
y es el hecho de que a la misma fue desterrado al caer en desgracia el influyente
Abad Banzo de Fanlo, por oponerse al Rey Sancho Ramírez en su deseo
de "europeización", manteniéndose anclado en el
viejo rito hispano visigodo frente al oficial romano que deseaba importar
el monarca como parte de las contraprestaciones a Roma por su apoyo. Se
ha invocado este hecho para explicar la peculiaridad edificativa de esta
comarca.
Ello y la probable repoblación
con gentes llegadas de Siria como documenta Duran Gudiol, podría
están en el origen de estos detalles islámicos añadidos
al primer románico que llega desde el este.


Los vanos rehundidos en
alfiz de la fachada sur de Lárrede propician unos bellos juegos de
luces y sombras. Y al interior estos templos poseen presbiterio atrofiado
y cubre su nave por medio de techumbre de madera a dos aguas. San Pedro
de Lárrede se abovedó en origen, aunque la actual bóveda
proceda de la restauración de 1933 efectuada por Íñiguez.
Es obligado recordar a
los pioneros en esta zona: Sánchez Ventura e Íñigo
Almerch quienes dieron a conocer buen número de estos templos serrableses
Sánchez Ventura advertido por un cazador de la zona los descubrió
en 1922 acompañado por Joaquín Gil Marraco como fotógrafo.
A pesar de ser "redescubiertos",
cayeron en la desidia y el olvido hasta los años 70 del siglo pasado
en que la activa Asociación de Amigos de Serrablo capitaneada por
el entusiasta Julio Gavín (desaparecido en 2006) las consolidó,
estudió y relanzó, siendo hoy orgullo de la zona y referente
para los amantes del arte medieval de todo el mundo.


Uno de los distintivos
de estos templos, quizá el más llamativo, son los frisos de
baquetones verticales que decoran sus cabeceras. Yuxtapuestos a lo largo
de todo el ábside, por encima de los arquillos ciegos y enmarcados
entre dos molduras tóricas dan personalidad y distinción a
estos edificios.
A pesar de que la sensación
en el edificio acabado es la de ser pequeñas columnillas, no son
tal. Observando un templo semidestruido, como es el de Gavín, afectado
en la Guerra Civil de 1936, recuperado y trasladado al parque de Sabiñánigo
por "Amigos de Serrablo", vemos que el baquetón es el extremo
redondeado de una laja dispuesta verticalmente a tizón (Abajo derecha).
Yendo más lejos en mis consideraciones, su hechura como elemento
aislado es idéntica a las piezas que componen las molduras tóricas
absidales. Muchas veces pretendemos ver simbología en elementos edificativos
que pueden no ser sino un recurso de utilización de material existente
dispuesto con habilidad y estética. Probablemente allá en
Sescún cuando dispusieron verticales los sucesivos tizones de sillarejo,
sentaron las bases de esta peculiar forma de expresión decorativa.

